La entrevista ha terminado y Shakira observa los papeles intrusos, los míos, sobre la mesa de vidrio en la sala de su apartamento. El título de una revista con una monografía sobre Don Quijote llama su atención.
— ¿Es tuya? —me inquiere y yo asiento, medio avergonzado en el orgullo, con un leve movimiento de testa.
— ¿Cuál es tu escritor favorito? —y ahora el interrogatorio continúa suyo, en merecida revancha. (Hemos conversado una hora larga. Bueno, ella improvisa que es una maravilla y yo me he sostenido en cambio al bastón de un cuestionario previo y que soslayo con discreción cada vez que me sorprendo volando tras la paloma de su pensamiento).
— ¿Shakespeare? —digo así, no sé si en honesta manifestación de duda o más bien con el ánimo vil de recuperar, fuera de juego, el privilegio de formular las preguntas. Pero ella es árabe desde el tuétano de sus ancestros y sabe cabalgar oronda sobre un tema al que no soltará su rienda.
— ¿Te gustan sus versos?
Debí contestar que sí, aunque no recuerdo la convención del modo porque su pregunta desbocaba ya mi atención a través del túnel de la memoria. Meses atrás, ella misma había mencionado la importancia de leer a Borges antes de escribir la letra de sus Pies descalzos y me daba ahora, en esa pregunta, una respuesta generosa: la nota clave, el principio y el final de esta entrevista.
Esta será nuestra primera charla y sé que no voy a preguntarle por su próximo disco. Shakira escribe en primavera sus canciones para verano. Ahora vive en Miami, sí, pero lo suyo es de corazón, no comida rápida.
Me hace mucha falta el mar, gris y todo pero es nuestro mar. Me hace falta el corozo, pero me hacen falta sobre todo mis amistades y el resto de familia que todavía vive allí.