Hablamos, mientras viene Shakira, con su padre. Hace muchos años él, William Mebarak, atendía una joyería de su propiedad en la calle de San Blas, en Barranquilla, frente al hotel que entonces mi padre administraba. Se habían vuelto amigos y en ocasiones papá me llevaba de la mano a visitarlo.
La verdad es que casi no lo recordaba. Yo era muy pequeño y mi rostro quedaba prácticamente pegado a la vidriera inferior donde se exhibían las joyas. A esa edad uno no ve las caras de los adultos, a menos que lo alcen o que se dignen ellos agacharse para contemplarnos a su medida. Así que mientras aquellos dos adultos conversaban, yo me concentraba en seguir las manecillas de los relojes y en comparar las formas de los demás objetos que mostraba el escaparate. Por eso casi no distingo la fisonomía de Mebarak. No recuerdo, por ejemplo, sus habituales gafas oscuras, a las que cantó en su primera canción Shakira. Lo que sí recuerdo, en cambio, son los matices de su voz pausada y virtuosa, rodando musical y precisa como una cascada de perlas sobre el submundo de objetos brillantes contra el que yo me apretaba. Y recuerdo que en casi todas aquellas ocasiones también mi padre era un escucha. El señor Mebarak tenía el don de la palabra.
Mi papá para mí es el idealismo, mi mamá es el realismo; mi papá es la locura, mi mamá es la cordura. Yo me identifico mucho con ambos porque tengo ambas partes: yo soy aire pero también soy tierra y por eso los necesito a ambos. Ahora, creo que de mi papá heredé la inquietud por las letras y quizás el don de la palabra.
Por ese lado, el paterno, todo lo árabe. Shakira tiene ojos grandes y luminosos, tan negros como su cabello, y sobre los ojos una sola ceja larga que serpentea y que ella suele afeitar en su centro, sobre la nariz, para normalizarla en dos. Si usted ha visto sus conciertos, recordará sus caderas formidables y las ondulaciones de su cuerpo, y si ha escuchado sus discos, reconocerá el vibratto largo y ciertos quiebres particulares en su ]voz. Todo eso es árabe. (Si ha visto las fotos en su último álbum, descubrirá que tiene torcidito el segundo dedo del pie). En su familia hay poetas, pintores y otros compositores. Su abuelo tocaba la flauta, su abuela el piano y su padre soltaba a volar, desde el tocadiscos, la música de sus antepasados. Pero a Shakira nadie la enseñó a bailar.
La verdad es que casi no lo recordaba. Yo era muy pequeño y mi rostro quedaba prácticamente pegado a la vidriera inferior donde se exhibían las joyas. A esa edad uno no ve las caras de los adultos, a menos que lo alcen o que se dignen ellos agacharse para contemplarnos a su medida. Así que mientras aquellos dos adultos conversaban, yo me concentraba en seguir las manecillas de los relojes y en comparar las formas de los demás objetos que mostraba el escaparate. Por eso casi no distingo la fisonomía de Mebarak. No recuerdo, por ejemplo, sus habituales gafas oscuras, a las que cantó en su primera canción Shakira. Lo que sí recuerdo, en cambio, son los matices de su voz pausada y virtuosa, rodando musical y precisa como una cascada de perlas sobre el submundo de objetos brillantes contra el que yo me apretaba. Y recuerdo que en casi todas aquellas ocasiones también mi padre era un escucha. El señor Mebarak tenía el don de la palabra.
Mi papá para mí es el idealismo, mi mamá es el realismo; mi papá es la locura, mi mamá es la cordura. Yo me identifico mucho con ambos porque tengo ambas partes: yo soy aire pero también soy tierra y por eso los necesito a ambos. Ahora, creo que de mi papá heredé la inquietud por las letras y quizás el don de la palabra.
Por ese lado, el paterno, todo lo árabe. Shakira tiene ojos grandes y luminosos, tan negros como su cabello, y sobre los ojos una sola ceja larga que serpentea y que ella suele afeitar en su centro, sobre la nariz, para normalizarla en dos. Si usted ha visto sus conciertos, recordará sus caderas formidables y las ondulaciones de su cuerpo, y si ha escuchado sus discos, reconocerá el vibratto largo y ciertos quiebres particulares en su ]voz. Todo eso es árabe. (Si ha visto las fotos en su último álbum, descubrirá que tiene torcidito el segundo dedo del pie). En su familia hay poetas, pintores y otros compositores. Su abuelo tocaba la flauta, su abuela el piano y su padre soltaba a volar, desde el tocadiscos, la música de sus antepasados. Pero a Shakira nadie la enseñó a bailar.


